viernes, 17 de julio de 2009

LA RUEDA DE LA FORTUNA




-album de imágenes sobre la Rueda de la Fortuna, en:


-Da bienes Fortuna, de Luis de Góngora


LA RUEDA DE LA FORTUNA
fragmento de "La hora de todos" (1636),
fantasía moral de Francisco de Quevedo


Júpiter, hecho de hieles, se desgañifaba poniendo los gritos en la tierra, porque ponerlos en el cielo, donde asiste, no era encarecimiento a propósito. Mando que luego, a consejo, viniesen todos los dioses tropicando, cuando Marte donquijote de las deidades, entró con sus armas y capacete y la insignia de viñadero enristrada echando chuzos, y a su lado el panarra de los dioses, Baco, con su caballera de pámpanos, remostada la vista y en la boca lagar y vendimia de retorno derramadas, la palabra bebida, el paso trastornado y el celebro en poder de las uvas.

Por otra parte asomó con pies descabalados Saturno, el dios marimanta, comeniños, engulléndose sus hijos a bocados. Con él llegó hecho una sopa Neptuno, el dios aguanoso, con su quijada de vieja por cetro -que eso es tres dientes en romance- lleno de cazcarrias y devanando en ovas y oliendo a viernes y vigilias, haciendo lodos con sus vertientes en el cisco de Plutón, que venía en su seguimiento, dios dado a los diablos, con una cara afeitada con ollín y pez bien zahumado con alcrebite y pólvora, vestido de cultos tan oscuros que no le amanecía todo el buchorno del sol, que venía en su seguimiento con su cara de azofar y sus barbas de oropel, planeta bermejo y andante, devanador de vidas, dios dado a la barbería, muy preciado de guitarrillas y pasacalles, ocupado en ensartar un día tras otro y engarzar años y siglos, mancomunado con las cenas y los pesares para fabricar calaveras.

Entró Venus haciendo rechinar los coluros con el ruedo del guardainfante, empalagando de faldas a las cinco zonas, a medio afeitar la geta, y el moño, que la encorozaba de pelambre la cholla, no bien encasquetado por la prisa. Venía tras ella la Luna, con su cara en rebanadas, estrella de mala moneda, luz en cuartos, doncella de ronda y ahorro de linternas y candelillas.

Entró con gran zurrido el dios Pan, resollando con dos grandes piaras de Númenes, faunos, pelicabras y patibueyes. Hervía todo el cielo de manes, lemures, lares y panades y otros diosecillos baunos.

Todos se repantingaron en sillas y las diosas se rellenaron; y asestando las getas a Júpiter con atención reverente.

Marte se levantó, sonando a choque de cazos y sartenes, y con ademanes de la carda dijo:
-¡Pesia tu hígado, oh grande coime, que pisas el alto claro, abre esa boca y garla, que parece que sornas¡
Júpiter, que se vio salpicar de jacarandinas los oídos, y estaba, siendo verano y asándose el mundo, con su rayo en la mano haciéndose chispas, cuando fuera mejor hacerse aire con un abanico, con voz muy corpulenta dijo:
-Vusted envaine y llamemos a Mecurio.
El cual, con su varita de jugador de manos y sus zancajos pajarillos, y su sombrerillo hecho a horma de hongo, en un santiamén y en volandas, se puso delante. Júpiter le dijo:
-¡Dios virote, dispárate al mundo! Tráeme aquí en un abrir y cerrar de ojos a la Fortuna, asida de sus arrapiezos.
Luego el chisme del Olimpo, calzándose dos cernícalos por acicates, se despareció, que ni fue ni visto ni oído, con tal velocidad, que verle partir y volver fue una misma acción de la vista.

Volvió hecho mozo de ciego y lazarillo, adestrando a la Fortuna, que con un bordón en la mano, venía tentando y de la otra tiraba de la cuerda que servía de freno a un perrillo. Traía por chapines una bola sobre que venía de puntillas y hecha pepita de una rueda que la cercaba como centro, encordelada de hilos, trenzas y cintas, cordeles y sogas, que con sus vueltas se tejían y destejían. Detrás venía como fregona la Ocasión, gallega de coram vobis, muy gótica de facciones, cabeza de contramoño, cholla bañada de calva de espejuelo, y en la cumbre de la frente un solo mechón, en que apenas había pelo para un bigote; era este más resbaladizo que anguilla, culebreaba deslizándose al resuello de las palabras. Echábasele de ver en las manos que vivía de fregar y barrer y vaciar los arcaduces que la Fortuna llevaba.

Todos los dioses mostraron mohina de ver a la Fortuna y algunos dieron señal de asco, cuando ella, con chillido desdentonado, hablando a tiento, dijo:

-Por tener los ojos acostados y la vista a buenas noches, no atisbo quien sois los que asistís a este acto, empero seais quienes fueredes, con todos hablo primero contigo, oh Jove, que acompañas a las toses de las nubes con gargajo trisulco. Dime, ¿qué se antojó ahora de llamarme, habiendo tantos siglos que de mí no te acuerdas? Puede ser que se te haya olvidado a tí y a esotro vulgo de diocesillas. Lo que yo puedo y que así he jugado contigo y con ellos como con los hombres.

Júpiter, muy prepotente, la respondió:

-Borracha, tus locuras, tus disparates y tus maldades son tales que persuades a la gente mortal que no hay dioses y que el cielo está vacío y que yo soy un dios de mala muerte. Quejándose que das a los delitos lo que se debe a los méritos y los premios de la virtud al pecado, que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a los que habías de quitar las orejas, que empobreces y abates a los que debieras enriquecer.

La Fortuna, demudada y colérica, dijo:

-Yo soy cuerda y sé lo que hago y en todas mis acciones ando pie con bola. Tú que me llamas inconsiderada y borracha, acuérdate que hablaste por boca de ganso en Leda, que te redamaste en lluvia de bolsa por Dánae, que bramaste y fuiste inde toro pater por Europa, que has hecho otras y mil cien picardías y locuras y que todos esos y esas que están contigo han sido avechuchos, urracas y grajos, cosas que no se dirán de mí (…) Esta criada me ha servido perpetuamente y no he dado paso sin ella: su nombre es la Ocasión. ¡Oídlas, ¡aprended a juzgar de una fregona!

Y desatando la tarabilla la ocasión, por no perderse a sí mesma, dijo:

-Yo soy una hembra que me ofrezco a todos: muchos me hallan, pocos me gozan. Soy sansona femenina que tengo la fuerza en el cabello: quien sabe asirse a mis crines, sabe defenderse de los corcovos de mi ama, yo la dispongo, yo la reparto y, de lo que los hombres no saben recoger ni gozar, me acusan (…)
Estas necedades hacen a los hombres presumidos y perezosos y descuidados, estas son el yelo en que yo me deslizo. En éstas se trastorna la rueda de mi ama y trompica la [bo]la que la sirve de chapín. Pues, si los tontos me dejan pasar, ¿qué culpa tengo yo de haber pasado? Si a la rueda de mi ama son tropezones y barrancos, ¿por qué se quejan de sus vaivenes?; su saben que es rueda y que sube y baja, y que por esta razón bajan para subir y suben para bajar, ¿para qué se devanan en ella? El sol se ha parado, la rueda de la Fortuna, nunca: quien más seguro pensó haberla fijado al clavo, no hizo otra cosa que alentar con nuevo peso el vuelo de su torbellino; su movimiento digiere las felicidades y miserias como el del tiempo las vidas del mundo y el mundo mismo poco a poco. Esto es verdad, Júpiter. Responda quien quisiere.

La Fortuna, con nuevo aliento, bamboleándose con remedos de la veleta y acciones de barranco, dijo:

-La Ocasión ha declarado la ocasión injusta de la acusación que se me pone; empero yo quiero de mi parte satisfacerte a ti, supremo atronador y a todos esotros que te acompañan, servidores de ambrosía y néctar, no obstante que en vosotros he tenido y tengo y tendré imperio, como le tengo en la caballa más soez del mundo. Yo espero ver vuestro endiosamiento muerto de hambre por falta de víctimas y de frío, sin que alcancéis una morcilla por sacrificios, ocupados en solo abultar poemas y poblar coplones, gastados en consonantes y apodos amorosos, sirviendo de munición a los chistes y a las pullas.

-¡Malas nuevas tengas de cuanto deseas, -dijo el Sol- que con tan insolentes palabras blasfemas de nuestro poder! Si me fuera lícito, pues soy el Sol, te friyera en caniculares y te asara en bochornos y te desatinara a modorras.

-¡Vete a enjugar lodazales, -dijo la Fortuna- a madurar pepinos y a proveer de tercianas a los médicos y a adestrar las uñas de los que se espulgan a tus rayos!, que ya te he visto yo guardar vacas y correr tras una mozuela que, siendo Sol, te dejó a escuras. Acuérdate que eres padre de un quemado. Cósete la boca y déjale hablar a quien le toca.

Entonces Júpiter, severo, pronunció estas razones:
-Fortuna, en muchas cosas de las que tú y esa picarona que te sirve habéis dicho, tenéis razón; empero, para satisfacción de las gentes, está decretado inviolablemente que en el mundo en un día y en una propia hora se hallen de repente todos los hombres con lo que cada uno merece. Esto ha de ser. ¡Señala la hora y el día!

La Fortuna respondió:

-Lo que se ha de hacer, ¿de qué sirve dilatarlo?; hágase hoy. Sepamos qué hora es.

El Sol, jefe de los relojeros, respondió:

-Hoy son veinte de junio; y la hora, las tres de la tarde, tres cuartos y diez minutos.

-Pues en dando las cuatro veréis lo que pasa en la tierra.

Y diciendo y haciendo empezó a untar el eje de su rueda y encajar manijas y mudar clavos y enredar cuerdas, aflojar unas y estirar otras; cuando el Sol, dando un grito, dijo:

-¡Las cuatro son!, ni más ni menos: que ahora acabo de dorar la cuarta sombra postmeridiana de las narices de los relojes de sol.

En diciendo estas palabras, la Fortuna, como quien toca sinfonía, empezó a desatar su rueda, que arrebatada en huracanes y vueltas, mezcló en nunca vista confusión todas las cosas del mundo. La Fortuna dio un gran aullido, diciendo:
-Ande la rueda y coz con ella.

[Enmarque final]


Cuando esto pasaba en la Tierra, viéndolo con atención los dioses, el Sol dijo:

-La hora está boqueando, y yo tengo la sombra de gnomon un tris de tocar con ella el número de las cinco. Gran padre de todos, determina su ga de continuar la Fortuna antes que la hora se acabe, o volver a voltear y rodar por donde solía.

Júpiter respondió: (…)

En esto dio la hora de las cinco, y se acabó la de todos; y la Fortuna, regocijada con las palabras de Júpiter, trocando las manos, volvió a engarbullar los cuidados del mundo y a desandar lo devanado; y afirmando la bola en las llanuras del aire, como quien se resbala por hielo, se deslizó hasta dar consigo en la tierra.

Vulcano, dios de bigornia y músico de martilladas, dijo:

-Hambre hace, y con prisa de obedecer dejé en la fragua tostando dos ristras de ajos para desayunarme con los cíclopes. Júpiter prepotente mandó luego traer de comer; y instantáneamente aparecieron allí Iris mensajera de la diosa Juno [y Hebe] con néctar, y Ganímedes con un velicómen de ambrosía. Juno, que le vio al lado de su marido y con los ojos bebía más del copero que del licor, endragonida y enviperada, y dijo:

-O yo este bardaje hemos de quedar en el Olimpo, u he de pedir divorcio ante Himeneo.

Y si el águila, en el que el picarillo estaba a la jineta, no se afufa con él, a pellizcos los desmigaja. Júpiter empezó a soplar el rayo y ella le dijo:

-Yo te le quitaré para quemar al pajecito nefando.

Minerva, hija del cogote de Júpiter (diosa que si Júpiter fuera corito, estuviera por nacer) reportó con halagos a Juno que se había endragonado de ver al copero de Júpiter; más Venus, hecha una sierpe, favoreciendo aquellos celos, daba gritos como una verdulera, y puso a Júpiter como un trapo, cuando Mercurio, soltando la tarabilla, dijo que todo se remediaría, y que no turbasen el banquete celestial. Marte, viendo los bucaritos de ambrosía, como deidad de la carda y dios de la vida airada, dijo:

-¿Bucaritos a mí? Bébanselos la luna y estas diocesitas.

Y mezclando a Neptuno con Baco, se sorbió los dos dioses a tragos y chupones; y agarrando a Pan, empezó a sacar dél rebanadas, y a trinchar con la daga sus ganados, engulléndose los rebaños hechos de jigote a hurgonazos. Saturno se merendó media docena de hijos. Mercurio, teniendo sombrerillo, se metió de gorra con Venus, que estaba sepultando debajo de la nariz a puñados rosquillas y confites. Plutón de sus vizazas saco unas carbonadas que Proserpina le dio para el camino; y viéndolo Vulcano, que está a diente, se llegó andando con mareta, y con mogollón muy cortés, a poder de reverencias, empezó a morder de todo y mascujar. El Sol, a quien toca el pasatiempo, sacando su lira, cantó un himno en alabanza de Júpiter con muchos pasos a garganta. Enfadados Venus y Marte de la gravedad del tono y de las veras de la letra, él con dos tejuelas arrojó fuera de la nuez una jácara [aburdelada] de quejidos; y Venus aullando de dedos con castañetones de chasquido, se desgobernó en un rastreado, salpicando de cosquillas con sus bullicios los corazones de los dioses. Tal cizaña derramó en todo el baile, que parecían azogados. Júpiter, que atendiendo a la travesura de la diosa, se le caía la baba, dijo:

-¡Esto es despedir a Ganímedes, y no reprehensiones! Dioles licencia, y hartos y contentos se afufaron, escurriendo la bola a puto el postre: lugar que repartió el coperillo del avechucho.

-texto completo de "La fortuna con seso y la hora de todos", en:


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